Abdelkader EL FARSSAOUI
El politólogo guatemalteco Edgar Wellmann alerta sobre el avance del discurso argelino en América Latina y la necesidad de alinear nuestras alianzas con valores y no con fantasmas ideológicos.
Hay textos que no solo informan, sino que despiertan conciencias, sacuden inercias y obligan a mirar el tablero geopolítico con otros ojos. Tal es el caso del brillante análisis que firma el politólogo guatemalteco Edgar Wellmann en El Siglo, bajo el título “Cuando el Magreb toca a nuestras puertas”. No se trata de un artículo más sobre Marruecos y Argelia. Es un acto de lucidez estratégica, una advertencia clara sobre cómo un conflicto regional —como el del Sáhara marroquí— puede expandir sus ramificaciones hasta rincones tan lejanos como Centroamérica. Y lo hace no solo por interés territorial, sino como parte de una disputa ideológica profunda entre dos modelos: uno que apuesta por la estabilidad, la cooperación y el realismo político (Marruecos), y otro que se aferra a los restos de un discurso de Guerra Fría (Argelia), usando al Polisario como instrumento de desestabilización.

No escribe desde el dogma ideológico, sino desde una sólida experiencia académica y militar. Edgar Wellmann no solo es politólogo. Es también exoficial del Ejército de Guatemala, con maestrías en
Relaciones Internacionales, Planeación Estratégica Militar y Administración de Recursos. Ha sido investigador, profesor universitario, asesor de inteligencia, redactor de doctrina militar y conferencista internacional. Por eso sus columnas no son opiniones lanzadas al viento: son el fruto de un análisis con memoria táctica, con visión continental y con pleno conocimiento de los juegos de poder.
En el centro del análisis de Wellmann late una verdad incómoda: la causa del Polisario ha sido secuestrada por una agenda más grande, más oscura, que no busca la autodeterminación, sino la confrontación. Argelia ha convertido su respaldo al separatismo en el Sáhara no solo en un instrumento para desgastar a Marruecos, sino en una herramienta para infiltrar discursos polarizantes en
instituciones democráticas aún frágiles en América Latina.

Guatemala, como bien recuerda el autor, ha optado por el camino de la claridad, apoyando la propuesta marroquí de autonomía como una salida realista, creíble y conforme al Derecho Internacional. Y no por capricho, sino por visión: porque Marruecos no exporta ideología, sino alianzas; no impone dogmas, sino ofrece cooperación.
Lo que Edgar Wellmann plantea no es una defensa de un país frente a otro, sino una defensa de principios frente al oportunismo ideológico. En un continente donde aún se consolidan las democracias, permitir que narrativas manipuladas entren sin filtro —bajo la bandera de la resistencia o del anticolonialismo— es abrirle la puerta al autoritarismo por la vía del sentimentalismo político.
El artículo es valiente. Nombra a los actores, expone las estrategias, desenmascara los símbolos. Y al hacerlo, no solo honra su condición de politólogo especializado en el Norte de África, sino que cumple con el deber ético de quien comprende que la geopolítica no es solo cosa de cancillerías, sino también de valores compartidos y futuros comunes.
Desde este rincón del mundo magrebí, donde Marruecos sigue tejiendo con paciencia alianzas que construyen y no destruyen, no puedo sino saludar el coraje y la claridad del autor. Y anunciar, con humildad pero con firmeza, que tomaremos el relevo de esa reflexión —no como eco, sino como continuidad—, porque la causa del Sáhara marroquí no es únicamente una cuestión territorial: es una prueba de coherencia, de valores y de soberanía para todos los que creemos en
la democracia real.
Porque en tiempos donde el cinismo diplomático busca camuflar el oportunismo con términos como “neutralidad” o “diálogo”, necesitamos más voces como la de Wellmann. Voces que, sin pertenecer a nuestro país, entienden mejor que muchos dentro, que la defensa de Marruecos es también la defensa de la coherencia estratégica de todo el sur global.






English
Español
Deutsch
Français
العربية