Abdelkader EL FARSSAOUI
En un reciente artículo publicado por Vozpopuli, se intenta reducir la Marcha Verde, uno de los hitos más importantes de la historia contemporánea de Marruecos, a una simple herramienta de “mercadotecnia turística”. Este planteamiento no solo ignora la dimensión histórica, política y social de este evento, sino que además distorsiona una de las gestas más pacíficas y emblemáticas que un pueblo ha protagonizado para recuperar lo que legítimamente le pertenece.
Cuarenta y cinco años atrás, Marruecos no solo recuperó un territorio, sino que mostró al mundo el poder de la unidad y la paz. Más de 350.000 hombres y mujeres caminaron hacia el Sáhara, llevando banderas, coranes y la firme convicción de que la justicia podía lograrse sin armas. Fue un acto único, un canto colectivo a la soberanía, cuyo eco aún resuena en cada rincón del país.
Reducir este hito a un “producto turístico” no solo denota una comprensión superficial, sino que ignora el alma de un pueblo que vivió y vive esta gesta como parte de su identidad. Para los marroquíes, la Marcha Verde no es una anécdota que se recuerda por conveniencia, sino un símbolo de unidad y pertenencia, un puente entre el pasado y el futuro.
El artículo intenta descalificar el significado de la Marcha Verde, insinuando que Marruecos instrumentaliza este evento para fines económicos y turísticos. Pero, ¿cómo se puede ignorar que las provincias del sur han florecido en desarrollo desde entonces? Marruecos no solo recuperó un territorio, sino que lo transformó en un motor de progreso.
Ciudades como Dakhla y El Aaiún no son solo destinos turísticos, sino modelos de integración y modernización. Su desarrollo va mucho más allá de “rutas temáticas”; es un reflejo del compromiso de un país con su gente y con su historia.
Lejos de las críticas, las provincias del sur han sido testigos de una revolución en infraestructuras, educación y economía. Marruecos ha invertido en conectar esta
región con el resto del país, demostrando que el verdadero desarrollo no conoce fronteras. Estas tierras, antaño vistas como áridas y olvidadas, ahora brillan como ejemplos de cómo un país puede honrar su historia mientras construye su futuro.
Hablar de “latas de bebidas energéticas” en lugar del “romántico té verde” es no solo una burla a los avances sociales y económicos, sino una evidencia del desconocimiento. Marruecos celebra su historia, sí, pero también celebra su capacidad de evolucionar y ofrecer nuevas oportunidades a las generaciones futuras.
La Marcha Verde es mucho más que un evento conmemorativo; es un recordatorio de la fuerza de la unidad. Es la historia de un pueblo que, sin armas ni violencia,
decidió escribir su destino. Pretender reducirla a un acto propagandístico es subestimar la inteligencia y la memoria de un país que nunca olvida de dónde viene ni hacia dónde va.
A quienes buscan empañar este legado con discursos cargados de cinismo: los hechos son más elocuentes que las palabras. Marruecos ha sabido transformar una hazaña histórica en un motor de desarrollo, mientras mantiene vivo el espíritu de la Marcha Verde en el corazón de su gente.
La Marcha Verde no es solo un capítulo del pasado; es una lección permanente sobre cómo la fe en la justicia y la unión puede cambiar el curso de la historia. Para quienes intentan minimizar su importancia, basta recordar que el orgullo de un pueblo no se compra ni se vende, y que el legado de la Marcha Verde seguirá brillando, sin importar cuántas sombras intenten oscurecerlo.






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