Abdelkader El Farssaoui
No fue una lectura cualquiera. Me llegó como suelen llegar las señales importantes: de la mano de un maestro al que respeto profundamente, uno de esos hombres que no comparte noticias por inercia, sino verdades que hieren, despiertan o salvan. El texto venía firmado por El Jilali El Adnani, y más que una crónica, era una confesión de archivo: documentos secretos, sellos oficiales, palabras cifradas que hablaban, con una claridad dolorosa, del rol de Argelia en la
cadena de producción y distribución del Captagon, esa anfetamina travestida de heroísmo revolucionario.
La historia comienza en diciembre de 1984, con una cifra impensable: 36 millones de pastillas de Captagon encargadas desde Libia a una empresa alemana, con Argelia como paso logístico discreto pero esencial. El pedido, como revela una carta diplomática secreta publicada por El Adnani, fue realizado por alguien muy cercano a Gadafi. Y no era para farmacias. Era para las trincheras. Para alimentar guerras. Para mantener despiertos a los combatientes que se decían libertadores.
Las rutas eran simples: Frankfurt–Argel–Trípoli. Pero el silencio que las rodeaba era espeso. Con la excusa del monopolio estatal de los productos farmacéuticos, Argelia ofreció sus laboratorios, sus camiones, y su opacidad administrativa como parte de un engranaje regional de intoxicación bélica.


Los informes citados por El Adnani –incluidos documentos del Senado francés y de Europol– señalan que Argelia no solo permitió el paso, sino que montó una infraestructura para facilitarlo: máquinas importadas para prensar comprimidos, permisos firmados bajo cláusulas de “Defensa Secreta”, y convoyes militares que trasladaban tanto cápsulas como proyectiles. El resultado: un corredor en el que la frontera entre lo médico y lo militar simplemente desapareció.
Y eso no es todo. En una segunda parte del archivo, se revela que la anfetamina se utilizó masivamente en la guerra Irán-Irak, no solo para estimular soldados, sino también –según el documento– en misiones suicidas. El Captagon no era una
medicina; era una forma de transformar el cuerpo en arma.
Décadas más tarde, en Siria, la historia muta pero no muere. El Captagon se ha convertido en el motor oculto del régimen de Bashar Al-Asad, una droga que sostiene la economía de guerra, con cifras que superan los 50 mil millones de dólares en exportaciones ilegales. ¿El destino? El Golfo, África, Europa.






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