Abdelkader EL FARSSAOUI
Las advertencias no siempre llegan con megáfonos. A veces toman la forma serena —pero firme— de una pluma que escribe con conciencia y memoria. Edgar Wellmann, politólogo guatemalteco, vuelve a tocar la campana, esta vez desde los pasillos del Parlamento Centroamericano (PARLACEN), donde lo simbólico puede convertirse en estratégico, y lo ideológico en trampa.
En esta segunda entrega de su trilogía geopolítica, Wellmann —el mismo que advirtió sobre la infiltración del relato argelino en América Latina— afina aún
más su diagnóstico. El foco, ahora, se desplaza a las instituciones parlamentarias, esas que fueron pensadas para fortalecer la integración regional y que hoy corren el riesgo de ser utilizadas como cajas de resonancia de causas que no les pertenecen.
No es una denuncia lanzada al vacío. Es una reflexión documentada sobre cómo un conflicto aparentemente lejano, como el del Sáhara marroquí, está siendo manipulado para introducir, en pleno corazón del sistema parlamentario centroamericano, los ecos de una narrativa impuesta por Argelia. Una narrativa que se presenta con ropajes de nobleza —autodeterminación, derechos humanos, anticolonialismo— pero que en realidad encubre una arquitectura geopolítica autoritaria, expansionista y profundamente ideologizada.

Wellmann conoce el terreno. Habla desde la doble trinchera del conocimiento académico y de la experiencia militar. Por eso no le tiembla el pulso al afirmar que el riesgo es real: si no se establecen líneas rojas claras en materia de política internacional, el PARLACEN podría convertirse, sin quererlo, en un actor funcional a agendas foráneas, ajenas al espíritu democrático que lo fundó.
La estrategia argelina es meticulosa. Apela al sentimentalismo de la causa saharaui para insertar discursos que, en el fondo, buscan socavar la influencia de los bloques democráticos y ganar legitimidad para regímenes que reprimen a sus propios pueblos mientras promueven en el extranjero una fachada de lucha por los derechos.
Guatemala, como recuerda Wellmann, ha sido coherente: ha apoyado la propuesta
marroquí de autonomía, reconocida por múltiples potencias mundiales, no por complacencia diplomática, sino porque representa una solución política realista, respetuosa del derecho y promotora de estabilidad. Pero no basta con que un país actúe con lucidez si los foros multilaterales donde participa pueden ser secuestrados por relatos que deforman la verdad.
Y ahí está el verdadero dilema: ¿hasta qué punto el parlamentarismo regional está preparado para resistir este tipo de embestidas ideológicas? ¿Qué sucede cuando un conflicto ajeno se convierte en caballo de Troya para introducir polarización, desinformación y ruptura?
Wellmann responde con claridad: el riesgo no es simbólico, es estratégico. Lo que hoy parece un gesto de solidaridad puede abrir la puerta a precedentes peligrosos.
Por eso lanza su segunda alerta, no contra nadie, sino a favor de nuestras propias instituciones, para que no sean utilizadas como peones en juegos que no controlan.
Como marroquí, como periodista y como ciudadano del sur global, no puedo más que acompañar esa advertencia. No para defender un país frente a otro, sino para defender el principio de que nuestras democracias jóvenes no deben ser escenario de guerras ideológicas ajenas.
La causa del Sáhara marroquí merece un debate serio, informado, desideologizado. No una instrumentalización emocional que convierte parlamentos en altavoces de intereses turbios. Y si alguien desde Guatemala lo ha comprendido y lo ha dicho con valentía, entonces el mínimo acto de coherencia desde este lado del Atlántico es recoger esa voz, amplificarla, y actuar en consecuencia.
La geopolítica no siempre se decide en las grandes capitales. A veces, comienza a torcerse —o a corregirse— en las palabras que se pronuncian en una sala de sesiones, en el tono de una declaración, en la omisión de un nombre o en el aplauso fácil a una causa mal comprendida.
Y mientras algunos juegan con el término “neutralidad” como si fuera una virtud, otros —como Wellmann— nos recuerdan que hay momentos en los que callar también es tomar partido.






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