No aceptamos la humillación en nuestro Sáhara : Lectura soberana cruzada en el horizonte de la transformación onusiana del expediente del Sáhara marroquí
Dr.Abdellah Chanfar
Al evocar la firma del Tratado de Ḥudaybiyya —un acuerdo que a los musulmanes les pareció sumisión e injusticia manifiesta—, ‘Umar ibn al-Jaṭṭāb (que Dios esté complacido con él) se dirigió a Abū Bakr al-Ṣiddīq con esta pregunta franca:
«¿Acaso no estamos en la verdad y nuestros enemigos en el error? ¿Por qué entonces aceptaríamos la humillación en nuestra religión?»
Esa interrogación no era una crítica a la sabiduría profética, sino una expresión de preocupación soberana, de celos por el sentido, y de un rechazo ético y psicológico a cualquier concesión sobre la esencia de la fe, aunque la estrategia previsora del Profeta (la paz sea con él) exigiera lo contrario temporalmente.
Retomo aquí ese espíritu, no su contexto, y lo aplico a nuestra principal causa territorial: ¿por qué deberíamos aceptar la humillación en nuestro Sáhara? ¿Acaso no fuimos nosotros quienes, desde 1963, presentamos el expediente ante la Cuarta Comisión de la ONU solicitando la descolonización del Sáhara español? ¿No son los documentos históricos, los pactos de lealtad de las tribus, la presencia del Estado en la región y la sangre derramada durante la Marcha Verde pruebas irrefutables de un derecho incuestionable?
¿Por qué entonces sigue el debate en las Naciones Unidas atrapado en discursos caducos? ¿Por qué se nos exige constantemente probar lo que ya está zanjado en la conciencia nacional y en la historia política? ¿Quién miente: la geografía o la historia? ¿Acaso no estamos en la verdad y nuestros adversarios en el error?
La afirmación «No aceptamos la humillación en nuestra tierra» no surge de un vacío sentimental, sino que representa un principio soberano firme que rechaza cualquier sometimiento simbólico o jurídico que atente contra la dignidad nacional o que trate al Estado como parte en una propiedad disputada. El territorio no es objeto de negociación ni espacio para transacciones políticas ni una cuestión de fronteras; es una cuestión de existencia, de patrimonio histórico y de consenso nacional que supera la lógica de los expedientes.
Las once negativas del Marruecos respecto al Sáhara: claridad estratégica y criterio soberano en las relaciones internacionales
La política marroquí respecto al Sáhara se basa en el principio de claridad soberana y firmeza estratégica. No se trata de una rigidez ni de una negativa a la solución, sino de una visión racional sólida que define los límites del debate y del marco de la negociación. El Sáhara no es un expediente diplomático coyuntural, sino una cuestión existencial y nacional, un criterio fundamental mediante el cual Marruecos lee el mundo, selecciona amistades y evalúa la eficacia de sus asociaciones.
Esta visión se traduce en once negativas —las once “no”— que forman una doctrina política sólida, expresada por Su Majestad el Rey Mohammed VI y consolidada por la práctica diplomática oficial:
1. No a vincular la cuestión del Sáhara con los derechos humanos: rechazo claro a desviar el debate del conflicto soberano hacia temas secundarios tratados en marcos distintos, con el fin de diluir el núcleo jurídico y político del conflicto.
2. No a superar los marcos onusianos establecidos: apego al Consejo de Seguridad como única referencia legítima del proceso político, y rechazo a internacionalizar el conflicto en tribunas no neutrales o carentes de legitimidad.
3. No a eximir a las verdaderas partes de su responsabilidad, especialmente Argelia: Marruecos rechaza que Argelia sea tratada como parte neutral y la responsabiliza política e históricamente de la creación, financiación y dirección del conflicto.
4. No a ninguna solución fuera de la soberanía marroquí y de la iniciativa de autonomía: rechazo a cualquier propuesta que disminuya la unidad territorial nacional, reafirmando que la autonomía es un marco realista, práctico y flexible sin afectar la soberanía.
5. No al reconocimiento de ninguna entidad separatista: rechazo absoluto a cualquier intento de legitimar la ficticia «RASD», que carece de base legal, histórica y demográfica.
6. No a imponer el referéndum como única opción o referencia: exclusión total de una opción superada por el Consejo de Seguridad desde 2004, e inviable técnica y políticamente.
7. No a legitimar la situación actual en Tinduf: rechazo a normalizar una tragedia humanitaria y de derechos humanos explotada con fines políticos, sin ningún control transparente de parte de la ONU.
8. No a implicar organizaciones regionales fuera de la legalidad internacional: rechazo a retornar a la Unión Africana o similares como marcos de resolución, por la parcialidad interna de sus componentes.
9. No a fragmentar la soberanía nacional sobre las provincias del sur: rechazo a enfoques discriminatorios o soluciones que traten al Sáhara como una zona separada, afirmando su unidad jurídica e institucional.
10. No a cualquier enfoque que limite la soberanía de Marruecos o evite el marco legal internacional: rechazo a términos ambiguos o soluciones grises que intentan contentar a todos a costa de la unidad marroquí.
11. No es una cuestión de fronteras; es una cuestión de existencia: el tema del Sáhara no se mide en kilómetros o coordenadas, sino por el valor político e histórico del Estado. Como afirmó el Rey:
«El Sáhara es asunto de todos los marroquíes. Como dije en un discurso anterior: el Sáhara es una cuestión de existencia, no de fronteras. Marruecos permanecerá en su Sáhara, y el Sáhara en su Marruecos, hasta que Dios herede la tierra y a quienes la habitan.»
En todos los sistemas políticos, económicos y sociales, existen tres ejes fundamentales:
1. Cuestión de existencia: garantizar la supervivencia del Estado y del ciudadano;
2. Cuestión de continuidad: asegurar la estabilidad política, económica y social;
3. Cuestión de desarrollo y civilización: garantizar el progreso y el bienestar en todos los ámbitos.
Conclusión estratégica
Estas once negativas no representan una posición defensiva, sino una doctrina soberana proactiva y consciente que convierte la cuestión del Sáhara en un principio rector de la política exterior marroquí. El Rey lo expresó claramente:
«El expediente del Sáhara es el prisma a través del cual Marruecos observa el mundo. Es el criterio claro y sencillo con el que mide la sinceridad de las amistades y la eficacia de las asociaciones.»
Y añadió:
«Esperamos de ciertos Estados —socios tradicionales y nuevos— que mantienen posturas ambiguas sobre la marroquinidad del Sáhara, que aclaren y revisen sus posiciones de manera inequívoca.»
Así, el Sáhara marroquí ha dejado de ser un simple expediente de negociación para convertirse en una brújula soberana que redefine las alianzas del Reino. La asociación auténtica comienza con el reconocimiento pleno de la unidad territorial de Marruecos.
Durante décadas, actores regionales han intentado encuadrar el conflicto en la dicotomía colonialismo/autodeterminación, explotando la Guerra Fría y los bloques ideológicos para imponer una entidad separatista ajena a la historia, la geografía y la demografía.
Pero ¿qué sentido tiene el derecho de autodeterminación si se desconecta de la realidad? ¿Se puede promover legítimamente una separación en nombre de la liberación, cuando el territorio está integrado en el Estado, los consejos son elegidos, los proyectos se ejecutan y la población participa en la gestión de sus asuntos?
Desde 2007, Marruecos propuso la iniciativa de autonomía no como concesión, sino como una oferta política seria que preserva la soberanía y permite una administración autónoma ampliada. Esta propuesta nunca ha recibido una contrapropuesta mejor por parte del otro bando. ¿Es justo entonces seguir tratando a Marruecos como una fuerza ocupante, cuando incluso la ONU considera la iniciativa seria y creíble?
Una lectura minuciosa de la evolución de las posiciones internacionales revela un giro cualitativo: desde 2006, el Consejo de Seguridad adopta un enfoque político consensuado; en 2018, la Cuarta Comisión —último bastión del discurso jurídico rígido— comenzó a pasar de la lógica de “descolonización” a la de “apoyo al proceso político bajo el auspicio del Consejo de Seguridad”.
¿Es razonable seguir aceptando discursos estériles en esa comisión como si el tiempo no hubiera avanzado?
Hoy, Marruecos ya no se limita a defender su postura: ha reformulado el propio discurso onusiano. No se retiró de la Cuarta Comisión a pesar de su aparente neutralidad, sino que la convirtió en una plataforma para exhibir el cambio conceptual:
1. Del “ocupante” a la soberanía legítima;
2. Del referéndum a la solución política consensuada;
3. Del “frente” a la población.
¿Hay victoria política más elocuente que imponer el propio discurso a un órgano internacional que antes se utilizaba en su contra?
Permanecer en la Cuarta Comisión ya no es una carga, sino un recurso simbólico: la prueba de que Marruecos domina hoy la interpretación del conflicto. Retirar el expediente, aunque legítimo jurídicamente, privaría al Reino de una tribuna que ha dejado de ser tribunal para convertirse en testigo.
¿Por qué retirar el expediente ahora que el adversario pierde sus herramientas retóricas y políticas?
La expresión «No aceptamos la humillación en nuestro Sáhara» no rechaza las iniciativas políticas, sino que recuerda que toda iniciativa, por flexible que sea, debe partir del derecho a la soberanía, no de la duda sobre ella. Es un rechazo a la maniobra, no a la negociación. Un rechazo a la fragilidad simbólica, no a la racionalidad política.
Ahí reside el equilibrio marroquí entre la apertura a las soluciones y la defensa de lo innegociable: la dignidad y la soberanía.
La pregunta queda planteada a la comunidad internacional: si las grandes potencias —de Washington a Madrid, de Berlín a La Haya— apoyan la iniciativa de autonomía y la consideran la solución más adecuada, y si incluso la ONU ha abandonado el espejismo del referéndum;
¿Por qué seguir permitiendo retóricas fosilizadas en algunas de sus comisiones como si el tiempo no hubiese pasado? ¿No debería el derecho internacional adaptarse a la realidad política? ¿O es que la burocracia onusiana es incapaz de revisar un legado conceptual ya superado?
Conclusión final
El Sáhara no es un simple “expediente” en manos de diplomáticos; es un espejo del pueblo y una prueba de la capacidad del Estado para combinar el realismo con los principios, la soberanía con la apertura, la firmeza estratégica con la paciencia táctica.
Así, la expresión «No aceptamos la humillación en nuestro Sáhara» no es un rechazo a la razón, sino una afirmación de principios frente a cualquier intento de negociar lo innegociable. Es un llamado a que el mundo comprenda, por fin, que la unidad territorial no es negociable: forma parte de la definición misma del Estado marroquí.






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